La isla de Moorea está situada a unas pocas millas de Tahití. De hecho se ve su peculiar perfil perfectamente desde la misma. Se deduce que el barco ha estado navegando en círculo para fondear por la mañana.
Como es habitual nos despertamos muy pronto, desayunamos y cogimos el tender con la esperanza de que hubiera en el lugar de desembarco un pueblo. Pero no fue así. Solo estaba el puerto y unas pocas casas. Así que estuvimos un rato viendo el grupo folclórico de recibimiento y volvimos a coger el tender. Estuvimos unas dos horas en el barco haciendo hora para volver cuando fuera la hora de la excursión (12:50) que habíamos contratado desde San Sebastián (no incluida en el paquete del crucero)
Con casi una hora de antelación cogimos nuevamente el tender y llegamos al pequeño puerto. Observamos nuevamente el grupo de músicos y danzantes, dimos una pequeña vuelta por las inmediaciones y nos montamos en el bus.
El conductor llevaba micrófono sujeto a la cabeza y hacía también de guía (incluso hablaba por teléfono mientras conducía y consultaba sus anotaciones en un cuaderno). No sabía español, así que la representante de MSC tuvo que hacer la traducción.
Primero visitamos un mirador desde el que se podían ver las dos bahías existentes al norte de la isla y los principales relieves con un punto de vista diferente al del barco. El mirador era bastante cutre, pero las vistas eran buenas. Había gallos y gallinas asilvestrados por todas partes.
La segunda parada fue en las ruinas de un templo, donde no se apreciaba sino su base y no había ninguna reconstrucción ni explicaron nada.
La tercera parada nos dejó en un pequeño puerto donde se veía a media distancia nuestro barco y una zona de palmeras. Entre ellas una que crecía horizontalmente sobre el agua.
La cuarta parada fue en la carretera, al lado de una tienda poco agraciada de souvenirs donde nos dieron un minúsculo zumo de piña que vertía en un vaso de plástico desde un tetrabrik, algunos se mojaron los pies en la estrechísima playa y continuamos...
La última parada estaba en ligera altura y se observaba desde ella, al fondo, la isla de Tahití, el arrecife y en la laguna que formaba, un resort con cabañitas palafíticas.
De esta última parada continuamos hasta volver al puerto para tomar nuevamente el ténder. La excursión duró unas 4 horas, a pesar de que oficialmente era su duración de tres. Al final, sin ser excepcional, la excursión nos permitió rodear totalmente la isla.
Cominos pizza en el bufé y vimos alejarse la isla desde la cubierta 14, observando también una muy bonita puesta de sol.
En el teatro actuó Musica in Maschera, con una selección de ópera.
Tras la cena subimos a la piscina, donde actuó un grupo folclórico de bailarinas polinésicas. Hubo también un bufé de brioche y helado, aunque por no hacer la cola no probamos.